
En la entrada anterior vimos cómo diseñar una sesión de pretemporada: la fase en la que la sesión mira hacia dentro, sin rival al que apuntar. Ahora llega lo contrario. Empieza la competición, y con ella aparece en el calendario un elemento que lo condiciona todo: el partido.
La fase regular es la parte más larga de la temporada y, paradójicamente, donde más entrenadores se pierden. Tienen clara la pretemporada, tienen clara la idea de la temporada… y luego, semana tras semana, improvisan la sesión. El plan anual acaba olvidado en un cajón.
Una sesión de fase regular bien diseñada es la que mantiene vivo ese plan mientras compites. Y, como siempre, eso significa cosas distintas según el nivel.
En pretemporada el contenido mandaba: trabajabas lo que tocaba instalar, punto. En fase regular entra una segunda variable que no puedes ignorar: el partido del fin de semana.
Eso no significa que el partido sea el dueño de la sesión en todos los niveles. De hecho, el gran error en formación es justo ese: dejar que el rival del sábado secuestre el desarrollo del jugador. Cuánto pesa el partido y cuánto pesa el desarrollo es, precisamente, lo que separa una sesión de formación de una de rendimiento o de profesional.
Cuando diseño una sesión en plena competición en formación, sigo sin mirar al rival. Miro el concepto de la etapa en la que estamos dentro de la planificación anual. Si toca construcción individual, la sesión gira en torno a eso. Si toca desarrollo colectivo, la sesión conecta lo que ya saben hacer.
El partido del sábado no es el objetivo de la sesión. Es una herramienta de evaluación: me dice si lo que estamos sembrando está germinando. Si el concepto sale en partido, avanzamos. Si no sale, la siguiente sesión vuelve a insistir en él. El resultado es información, no es la meta.
Por eso la estructura de mis sesiones de fase regular en formación es muy estable: activación integrada, un bloque principal centrado en el concepto del momento, y una parte final de aplicación donde el jugador prueba ese concepto en situación de juego real. No cambio la sesión porque el rival sea más fuerte o más débil. La cambio porque el jugador ha asimilado el concepto, o porque todavía no.
Trampa principal en formación: preparar al rival. Dedicar la sesión del jueves a «cómo defender a ese base que mete mucho» es robarle al jugador el tiempo de desarrollo que nunca recuperará. En formación se forma. Ganar es una consecuencia, no un plan de partido.
En rendimiento la sesión de competición parte del mismo sitio que en formación —el concepto que toca según la planificación— pero le añado dos capas más, y aquí el partido empieza a tener voz.
La primera capa es la evolución de los conceptos. No basta con trabajar un concepto: la sesión tiene que leer cómo está madurando. ¿El equipo ejecuta mejor que hace tres semanas? ¿Los automatismos empiezan a salir solos bajo presión? Esa lectura decide si la sesión consolida o si vuelve atrás.
La segunda capa es el estado físico. En rendimiento ya no puedo diseñar la sesión ignorando cómo llega el grupo. Aquí el microciclo se construye alrededor del partido: la sesión más lejana al encuentro acepta más carga, la más cercana baja volumen y sube intensidad y decisión. La sesión cambia de cara según el día de la semana en que cae.
Así que la sesión de rendimiento es un equilibrio: mantengo el foco en desarrollar conceptos, pero lo cruzo con la evaluación del rendimiento mostrado y con el estado físico real. Sigo construyendo y, a la vez, empiezo a competir de verdad.
Trampa principal en rendimiento: cambiar el contenido cada vez que se pierde. Si el sistema es correcto, una derrota casi nunca se arregla cambiándolo. Se arregla ejecutándolo mejor. La sesión que sigue a una derrota suele ser la sesión que más confianza necesita, no la que más cambios introduce.
En el baloncesto profesional la fase regular cambia de naturaleza por una variable: la densidad competitiva. Cuando juegas dos o tres partidos por semana durante meses, el entrenamiento deja de ser el centro. Los partidos lo son.
Aquí la periodización casi se invierte: ya no entrenas para competir, compites para entrenar. Los partidos son el estímulo principal y la sesión sirve para recuperar, ajustar y preparar el siguiente. Una sesión profesional de fase regular suele construirse alrededor de cuatro piezas a la vez:
Y la gestión de la carga se vuelve totalmente individual. Cada jugador tiene su curva y su historial; el descanso no es lo que sobra, es parte del plan y se protege. A menudo, la mejor sesión de la semana es la que no se hace.
Este puzle rara vez lo monta una sola persona: lo gestiona un cuerpo técnico con roles repartidos. Pero el principio no cambia respecto a formación: cada sesión tiene que responder a una intención clara.
Trampa principal en profesional: entrenar de más para «no perder el ritmo». En un calendario denso, más entrenamiento no es más rendimiento. Es más riesgo.
Cambian las variables, pero el hilo es el mismo:
Para la temporada te dejé una pregunta para junio. Para la semana, una para cada lunes. Para la sesión de pretemporada, una sobre lo que queda instalado. Aquí, en plena competición, la pregunta es esta:
¿Esta sesión hace mejor a mi equipo de cara a su objetivo, o solo llena la hora hasta el próximo partido?
Si la respuesta es la primera, vas bien: cada sesión suma a un plan. Si es la segunda, estás entrenando sin dirección, por mucho que el calendario te tenga ocupado.
La fase regular es larga y agota. Por eso la sesión importa tanto: es lo único que impide que, entre partido y partido, el plan de toda la temporada se te escape sin darte cuenta.
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En la última entrega veremos qué pasa con la sesión cuando la temporada entra en su recta final: la sesión en postemporada.
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Sergio González Maiza — Entrenador Superior FEB · Licencia FIBA #202400852
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